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Antiguo profesorado

Díaz Fernández, Irene

Currículum breve:

¿Qué camino podría haber previsto el destino para una niña que nacía hace unos sesenta años en Xomezana d´Arriba, a la sombra de una hermosa montaña, Peña la Portiella, con forma piramidal?

Puede que Irene niña, la mirara brillar en invierno y se preguntara ya, el porqué de esa forma geométrica esculpida en hielo.

Una figura geométrica y una niña llamada Irene, épsilon, iota, rho, eta…IRENE,  la Paz.

La paz que destellan su rostro, sus maneras, su actitud hacia sus compañeros, siempre conciliadora y afable.

Las letras que configuran su nombre ¿caprichos del Destino?, letras del alfabeto que designan ángulos y demás conceptos geométricos y matemáticos, a los que yo no alcanzo, porque nunca me enseñaron a amar las matemáticas, también dan nombre a muchas estrellas.

Quizá la maestra de Pola de Lena, la señorita Maruja Cortina  explicó a Irene el origen de su nombre y le habló de esas extrañas letras que lo configuran, y poco a poco hizo que  Irene se interesara por algo que a la mayoría de sus compañeros no les gustaba lo más mínimo, las ¡MATEMÁTICAS!.

Si es cierto que hay nombres que imprimen carácter, Irene debe ser uno de ellos, y ese, su hermoso nombre, la ató desde aquí, desde la escuela y para siempre a las matemáticas, a Tales, a Pitágoras, a Euclides, a Arquímedes…

Tales dijo en el s. VII a. C., "Elige una sola cosa buena" e Irene tuvo, gracias a  su formidable profesor, D.Antonio Carlomán - compañero de trabajo después en la universidad - que en el instituto le ofreció la posibilidad de elegir aquello a lo que parecía estar predestinada. Después de haber ganado la Olimpiada de Matemáticas (como no podía ser de otro modo, tratándose de alguien como ella, con ese entusiasmo que la caracteriza y con su nombre griego), a la que había sido enviada  por su profesor que confiaba plenamente en sus conocimientos, se le concedió una beca gracias a la cual pudo costearse sus estudios en la facultad.

Después, como muchos de nosotros, supo que quería enseñar a los demás todo lo que ella sabía sobre lo que tanto amaba, y seguro que entusiasmó con sus clases a los alumnos de los institutos en los que trabajó, siempre hay alguno que no ama las matemáticas, pero con una profesora así debió sentirse mal…

Sus veinte años como profesora de la Facultad de Formación del Profesorado y Educación, se me antojan como una especie de cadena transmisora que, en progresión geométrica, ha de llevar, por muchos años, a Irene hasta las pizarras de las escuelas, colegios, institutos, facultades.

Y quizás porque las matemáticas son música, son arte (abstracto), son poesía, Irene puede disfrutar ahora de todo eso en su jubilación, haciéndose más grande, si eso fuera posible , en su aparente fragilidad.

Gracias Irene por tu vida de esfuerzo y de trabajo, en el nombre de todos tus afortunados alumnos y en el de tus compañeros.

 

Miguel Ángel López Vázquez.

 

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